Acerca de…Lo que yo quisiera

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Quisiera con toda el alma pasar otra noche en vela en la cueva de los framboyanes con mi Negrita hermosa, “Mamacita estás…gloriosa”; cantando las canciones desgarradas de David Torrens, con un tinto en la mano, viéndola llorar desconsolada sin saber que hacer.
 
Quisiera que Aurora me mirara sonriendo una vez más por el retrovisor  en una tarde de tráfico y que otra vez me llamara por teléfono para decirme: “Soy tu nueva amiga” y que volviéramos a subir a la pirámide y que me mandara otra vez a la hacienda a vomitar mis demonios y que me volviera a recibir en la noche del regreso con un chicken bake y la satisfacción de haber rescatado un alma en pena.
 

Quisiera que GabyFi, otra vez me diera una larga vuelta por la ciudad en su coche azul, y que nos encontráramos a Fito Páez en el parque de los adoquines rojos y que volviéramos a ir al cine a ver Amelie Poulain, los amantes del círculo polar. Que volviéramos a hacer juntas la larga lista de los viajes, los hombres y los besos. Que que me volviera a regalar de todo corazón, esas cosas bonitas que no me alcanzaba el dinero para comprar.

 
Quisiera que Pilar me invitara a su oficina para encerrarnos a leer a García Márquez y escribir canciones tontas. Quisiera que otra vez me invitara a Cuernavaca para purgar juntas la peor hora de mi desconsuelo recitando a la luz de las velas los más tristes poemas de Sabines.
 
Quisiera regresar a Cancún con el corazón destrozado y los bolsillos vacíos; volver a pelearme con mi prima por la última cucharada de fríjoles, volver a saltar con ella en las olas tibias del Caribe y llorar  juntas hasta el amanecer.
 
Quisiera sentir de nuevo el abrazo sorpresivo de Ajalie en la tarde de mi despedida y escucharla decir con su acento de franchute chilanga: “No te vayas”.
 
Quisiera que Carla me volviera a invitar a su casa y encontrármela a media noche en el pasillo con un cenicero en una mano y el cigarrillo en la otra, morirnos de risa y hablar de rituales tontos para después del baño, volcanes adormecidos que explotan y la inutilidad de aprender a manejar.
 
Quisiera que Chilián me contara una y otra vez el chiste de los cigarros sueltos. Volver a reunirme con ella en un restaurant cualquiera después de muchos años, sentir de nuevo su dolor y volver a decirle muchas, muchas veces con toda sinceridad: “Lo siento Claudia, lo siento mucho”.
 

Quiero que suene el teléfono, que alguien toque el timbre de mi casa de Cholula; que sea cualquiera de ellas, cualquier tarde, cualquier día. Que me pregunten que estoy haciendo, que me inviten a salir.  Que se queden a dormir, que nos prestemos la ropa, los zapatos, los amores. Volver a vernos reflejadas en los espejos de un bar y cantar a gritos las canciones de moda. Que las calles tiemblen con nuestros pasos, que la memoria se llene de nuestras palabras, que las paredes se derrumben con nuestras risas, que el mundo se ahogue con nuestras lágrimas, que la vida se ilumine con nuestra juventud.

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