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Acerca de…Cómo contribuir a bajar la autoestima de una niña de ocho años

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126Hace pocos días, me topé con un blog de un muchacho que sube fotografías y textos, tomados de los libros que la Comisión Nacional de libros de texto gratuito distribuía en las escuelas primarias públicas en mi país: México. 

Cuando vi las imágenes y los textos se me vinieron encima un montón de recuerdos felices de ésos días lejanos en los que aprendí a leer y escribir. Miré con encanto las portadas, las ilustraciones que usaban para hacer más atractivas las lecturas. Veía con emoción los dibujos y recordaba con regocijo de que se trataba tal o cual texto y leía los comentarios de otras personas que sentían lo mismo que yo, al reencontrarse con esos viejos amigos que nos acompañaron cada año escolar durante seis años; que llegaban limpios y nuevecitos a nuestras manos y terminaban totalmente despanzurrados al final del año, de tanto ir venir, de tanto dale que dale a las letras y los números.

En ésas andaba cuando de pronto me encontré con un poema y un dibujo que me llevaron de regreso a una de las peores pesadillas de mi infancia: el cuarto año.

En el primer día de clases, se aplicaba a los alumnos un examen que supuestamente no tenía ningún valor académico y sólo servía para evaluar el nivel con el que llegábamos al nuevo año escolar. La maestra que me había tocado, era una recién llegada a nuestra escuela que traía bajo el brazo dos hijos. La mayor de ellos estaba en el mismo salón que yo.
Durante la aplicación del examen, la maestra paseaba entre las mesas para ver y saber lo que estábamos haciendo. Yo que siempre andaba papando moscas, me distraje cuando ella estaba dando alguna explicación a otro niño. Cuando terminó de hacerlo, miró mi examen desde arriba y me dijo en voz alta delante de todos: “Tú, ya estás reprobada”. 


La maestra sintió desde el principio una fuerte antipatía por mi y se encargó de demostrarlo durante todo el año escolar. Nunca respondió claramente a ninguna de mis preguntas, dejaba que pasaran las risas de mis compañeros, me miraba con lástima y continuaba con la lección. Mi curiosidad e ingenuidad le parecían síntomas de fuerte retraso mental, pasó siempre por alto el bullying y las burlas de que fui víctima por parte de mis compañeras, me humillaba y regañaba en público y era groserísima con mi mamá. 

Es cierto que efectivamente ese año en particular, yo necesitaba más apoyo y atención de lo normal. Fue un año crítico para mí porque en casa estaban ocurriendo cosas difíciles que se reflejaban en mi comportamiento y aprovechamiento en la escuela, también es cierto que yo estaba adelantada de grado, era la mas pequeña del salón y no tenía la suficiente madurez al llegar al cuarto grado. También es cierto que siempre decía lo que pensaba y a veces lo que pensaba no iba de acuerdo con las ideas de otros niños, niñas y maestros por el modo en que me estaban educando en casa, pero eso yo lo reconozco más como una ventaja y no como una razón para segregarme.


Mi maestra de cuarto grado, fue incapaz de reconocer en mi alguna cualidad, fue incapaz de superar su antipatía y anteponer su ética como docente. Nunca se le ocurrió la idea de ofrecerme su apoyo y de guiar a mi madre para que, entre las dos me ayudaran a recuperarme academicamente y salir adelante en mis estudios.

Esa mujer simplemente me puso la etiqueta de “Caso perdido” desde el primer día de clases y en lugar de hacerme el favor de olvidarme, todavía se esforzó en enfocar su energía en resaltar cualquier acción mía como un error o una tontería y ponerme de mal ejemplo en el salón.

Quisiera dejar algo muy claro:

¿Yo era muy pequeña e inmadura para el cuarto año? Si.
¿Era necesario que yo repitiera el curso? Si.
¿La maestra actuó incorrectamente? !SI!

Repetir el cuarto grado fue una experiencia muy humillante y amarga por el hecho de haber tenido que repetirlo en la misma escuela, pero; al final me dejó cosas buenas como, aprobar el siguiente curso, pasar el año escolar con niños y niñas de mi misma edad y así sufrir menos bullying y haber conocido a Dalila que es hasta el día de hoy, una buena y querida amiga con la que pasé bellas experiencias en nuestra infancia.

La poesía de “Coplas de cuna para un negrito” de Germán Berdiales, me trajo de regreso a esa malvada mujer por una razón muy simple: El único diez que saqué ese año, me lo puso ella con crayón rojo cuando vió la copia de la ilustración que hice en mi cuaderno, pero también me aclaró: “Te pongo el diez en el dibujo pero tienes cero en la copia del poema porque tu letra está horrible”.

Español Ej y Lec 39

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Acerca de…Lo que yo quisiera

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Quisiera con toda el alma pasar otra noche en vela en la cueva de los framboyanes con mi Negrita hermosa, “Mamacita estás…gloriosa”; cantando las canciones desgarradas de David Torrens, con un tinto en la mano, viéndola llorar desconsolada sin saber que hacer.
 
Quisiera que Aurora me mirara sonriendo una vez más por el retrovisor  en una tarde de tráfico y que otra vez me llamara por teléfono para decirme: “Soy tu nueva amiga” y que volviéramos a subir a la pirámide y que me mandara otra vez a la hacienda a vomitar mis demonios y que me volviera a recibir en la noche del regreso con un chicken bake y la satisfacción de haber rescatado un alma en pena.
 

Quisiera que GabyFi, otra vez me diera una larga vuelta por la ciudad en su coche azul, y que nos encontráramos a Fito Páez en el parque de los adoquines rojos y que volviéramos a ir al cine a ver Amelie Poulain, los amantes del círculo polar. Que volviéramos a hacer juntas la larga lista de los viajes, los hombres y los besos. Que que me volviera a regalar de todo corazón, esas cosas bonitas que no me alcanzaba el dinero para comprar.

 
Quisiera que Pilar me invitara a su oficina para encerrarnos a leer a García Márquez y escribir canciones tontas. Quisiera que otra vez me invitara a Cuernavaca para purgar juntas la peor hora de mi desconsuelo recitando a la luz de las velas los más tristes poemas de Sabines.
 
Quisiera regresar a Cancún con el corazón destrozado y los bolsillos vacíos; volver a pelearme con mi prima por la última cucharada de fríjoles, volver a saltar con ella en las olas tibias del Caribe y llorar  juntas hasta el amanecer.
 
Quisiera sentir de nuevo el abrazo sorpresivo de Ajalie en la tarde de mi despedida y escucharla decir con su acento de franchute chilanga: “No te vayas”.
 
Quisiera que Carla me volviera a invitar a su casa y encontrármela a media noche en el pasillo con un cenicero en una mano y el cigarrillo en la otra, morirnos de risa y hablar de rituales tontos para después del baño, volcanes adormecidos que explotan y la inutilidad de aprender a manejar.
 
Quisiera que Chilián me contara una y otra vez el chiste de los cigarros sueltos. Volver a reunirme con ella en un restaurant cualquiera después de muchos años, sentir de nuevo su dolor y volver a decirle muchas, muchas veces con toda sinceridad: “Lo siento Claudia, lo siento mucho”.
 

Quiero que suene el teléfono, que alguien toque el timbre de mi casa de Cholula; que sea cualquiera de ellas, cualquier tarde, cualquier día. Que me pregunten que estoy haciendo, que me inviten a salir.  Que se queden a dormir, que nos prestemos la ropa, los zapatos, los amores. Volver a vernos reflejadas en los espejos de un bar y cantar a gritos las canciones de moda. Que las calles tiemblen con nuestros pasos, que la memoria se llene de nuestras palabras, que las paredes se derrumben con nuestras risas, que el mundo se ahogue con nuestras lágrimas, que la vida se ilumine con nuestra juventud.