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Acerca de…El chofer del bus

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Hoy me ocurrió una cosa extraordinaria.

Resulta ser que tomé el bus que va de mi casa hacia el centro del pueblo en el que vivo. El transporte público de esta área es controlado por el condado. Los conductores llevan uniformes, los autobuses están limpios y en buenas condiciones y en general funcionan muy bien pero desde mi punto de vista, carecen de ese ambiente guapachoso que poseen los transportes públicos de México, mi país. En ellos, el chofer es casi siempre un adolescente o un tipo muy joven que va escuchando quebraditas a todo volumen, trae un cigarro encendido en la boca, juega a las carreras con sus compañeros de ruta y cada vez que el pasaje sube les recuerda de mala manera que deben recorrerse hacia atrás. En fin, acá no hay nada de eso. El mayor escándalo que te puedes encontrar en un autobús de la ruta del condado, es un niño llorando o alguna persona que trae tan alto el volumen del reproductor de MP3 que puedes escuchar a Lady Gaga a través de sus audífonos.
En cuanto abordé y me senté, noté que había una cosa que estaba totalmente fuera de lugar: era una fotografía en tamaño carta de una tortuga flotando sobre un lago. Puse atención al entorno y entonces me di cuenta que alguien la había colgado deliberadamente detrás del panel de vidrio que protege al conductor. después noté que sobre el parabrisas había un ramo de flores artificiales de color naranja y en el tablero del velocímetro, una pequeña fotografía del chofer acompañado de una mujer. Después de ver todo aquello no me aguanté la curiosidad y le pregunté al chofer si la foto de la tortuga era suya. Él, que usaba un dispositivo para sordera, se dio cuenta de que yo le estaba hablando, abrió la bolsa del aparato, apretó el botón del volumen y me miró. Yo repetí la pregunta y él, muy sonriente me dijo que si, que la foto le pertenecía pero que la había tomado su esposa que era muy aficionada a las fotos y que tenía talento para ellas. Después me explicó que cuando colocaba flores sobre el parabrisas, ponía una foto de un animal sobre el tablero y que cuando colocaba un animal de peluche sobre el parabrisas, entonces, colocaba una foto de flores detrás del panel. Yo le dije que era una cosa muy inusual y que me parecía que él se ponía muy confortable a la hora de trabajar. Él me explicó que le gustaba decorar el autobús para hacer su trabajo más feliz. “Deberías ver todo lo que hago en Navidad” me dijo, “pongo luces de colores y regalo dulces a los niños que se suben ese día. También lo hago en Pascua y en Halloween.” Me contó que en esos días de fiesta hay tantos pasajeros que, una señora toma el autobús durante todo el día, sólo para ayudarle a repartir los dulces.

Mientras me contaba todo aquello, yo lo miraba muy sorprendida pero también muy contenta de haberme topado con él en una ruta tan pequeña y en la que conozco de vista casi a todos los conductores del autobús. Le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba John y que llevaba trabajando veintidós años en el sistema de transporte público.
Mi viaje de diez minutos terminó cuando llegamos a la parada que está en el centro. Me levanté, le di la mano, le dije que había sido un placer haberlo conocido y me fui caminando por las calles de mi pueblo pensando en cómo hay personas que encuentran la manera de ser felices sin importar cómo.

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