Acerca de…El mercadito

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Este fin de semana he debido ponerme a trabajar y echar a andar el hámster porque tengo dos concursos, una lectura y una conferencia en puerta. Uno de los concursos tiene por tema una carta al hogar y para ser honesta, cada vez que he querido ponerme a trabajar en el texto, se me va el santo al cielo y me quedo colgada a la mitad de las frases porque me gana la nostalgia y en lugar de escribir, me pongo a fantasear.
Este asunto de vivir lejos de lo que consideré mi hogar por treinta y cinco años la verdad, está difícil. A mí lo que más me agarra son los recuerdos de los ambientes, los aromas y los sabores, y es precisamente ahí donde me atoro en los textos porque, sólo es cuestión de empezar a describirlos para que no sé qué neurona torcida en mi cerebro empiece a dar la lata y me lleve de paseo al recuerdo, entonces paro de teclear y me regocijo en todo aquello que me baila en la memoria y que aquí, en donde vivo, no puedo tener. Hoy especialmente anduve vagando por treinta años de Viernes en La Condesa.
Que fiesta eran los Viernes en mi barrio cuando llegaba el “mercadito sobre ruedas” y ya nos andaba a todos por irnos a almorzar las delicias que con él llegaban. Abuelita me llevaba de la mano cuándo fuí niña y luego ya, cuando tuve más edad, la llevé yo del brazo a ella. A mi mamá se le hacía tarde para que nos fuéramos a recorrer los pasillos que formaban los puestos de toldos verdes y buscar entre las novedades algún trapo de moda que echarse encima, alguna joyita de plata que ponerse en las muñecas y lanzarse al regateo con la señora de las golosinas para bajarle el precio de las gomitas de azúcar.
La gente del mercadito nos vió crecer a mí y a mis hermanos y nosotros los vimos envejecer hasta la edad del retiro y del paso de la estafeta hacia algún miembro más joven de la familia o de plano a algunos, los vimos desaparecer y fuimos testigos de la llegada de nuevos miembros que se unieron a la caravana de marchantes.
El mercadito era pequeño: comenzaba por dos puestos de plantas, sederías y ropa barata. Luego dos puestos de comida casera que honestamente no visité jamás porque la comida no se veía muy apetitosa, además de que para comida casera, nada más la de mi abuela. Luego venían los puestitos de novedades, cosméticos y juguetes donde nos deteníamos por mucho tiempo porque siempre había cosas vistosas que nos llamaban la atención pero que nunca comprábamos, luego el puesto del carnicero que cuando yo era adolescente, tenía un hijo guapísimo de mi misma edad que le ayudaba a cortar la carne. Después el puesto del “güero” que vendía  las frutas frescas y que siempre nos ofrecía una rebanadita para probar.
En los últimos años de mis Viernes de mercadito, después del puesto de frutas, se instalaba una señora que vendía tostadas y que hizo las delicias del paladar de mi mamá con sus tostadas de tinga, picadillo o pata, bañadas en salsa verde.

 

Hubo también una familia de hombres que vendían quesos, cremas y embutidos. Ellos nunca cambiaron, fueron siempre los mísmos y vendieron siempre la misma clase de productos que por cierto, me encantaban (No los hombres, sino los productos) porque siempre ofrecian a las clientas probaditas de todo. Tostadas untadas de crema fresca sin marca y espolvoreadas de queso fresco, quesillo de Oaxaca que se deshacía en la boca y rebanadas de queso Panela de un sabor inigualable. Cuando era niña me imaginaba que si un día no tuviera nada que comer, podría ir al mercadito y darme varias vueltas frente al puesto hasta quedar con la barriga llena de probaditas.

 

La travesía por los pasillos del mercadito era corta y culminaba siempre en el lado izquierdo de la calle perpendicular justamente frente a la clínica veterinaria. Ahí estaba el verdadero centro de todo, nuestro objetivo de cada Viernes: Los puestos de comida.

 

Cuánto aroma de manteca y de fritanga, de gorditas rellenas de chicharrón hechas a mano, flautas de barbacoa bañadas en salsa borracha, huaraches con bistec o huevo frito, tacos de cecina adobada y patatas fritas, tlacoyos de frijoles y requesón, taquitos de mixiote con rebanadas de habanero y pedacitos de piña fresca, consomé con garbanzos y cebolla, filetes de pescado rebosados en aceite, cocteles de camarón con aguacate y cilantro, quesadillas de masa azul hechas de deliciosos guisados y bebidas deliciosas como los “Jarritos”, los “Boing”de guayaba o mango, los tepaches o ya de plano un “Barrilito”…

 

Cómo extraño los Viernes de mercadito, cómo extraño los aromas y sabores de mi tierra, cómo extraño las voces de los marchantes, el ambiente de mi barrio tranquilo y el sol tibio de mi hermosa ciudad.

 
Bien dicen que al corazón se llega primero por la barriga y eso es precisamente lo que a mí me pasa, que quiero escribir cosas del hogar y el corazón y !zaz! se me atraviesan como tormenta los recuerdos de la barriga; entonces suelto el teclado y mejor me lanzo a la cocina a tratar de reproducir alguno de los sabores de los Viernes de mi querido “mercadito sobre ruedas”.

 

 

 

 

 

 

 

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