Acerca de…Las dos Tinas

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Había una vez, cuando yo tenía cinco años, una viejecita que vivía en casa de mi abuelita. Esa viejita vivía en un cuarto, en pijama, acostada en una cama de hospital. No podía caminar. Usaba unos lentes de fondo de botella y pasaba los días viendo una pequeña televisión que estaba siempre encendida frente a ella. Cuando mis hermanos o yo, pasábamos frente a la puerta del cuarto, la viejita nos llamaba diciendo muy rápido: “niño, niño, niño”. A mí me daba miedo.
La viejita se llamaba Ernestina, era una de mis tías abuelas, quizá el miembro de mi familia de mayor edad que llegué a conocer. Tina, como la llamaban sus familiares y amigos, pasó el final de sus días  perdida en la bruma de su demencia senil; primero en un tenebroso hospital psiquiátrico y después, gracias a la generosidad  y vocación de enfermera de mi abuelita, en ese cuarto de una casa que con los años yo aprendería a reconocer como mía.
Tina no formó nunca parte de mi vida, su generación y la mía estuvieron demasiado alejadas como para llegar a convivir, sin embargo, he llegado a creer que soy una de las pocas personas, que de alguna manera se han interesado en ella, que conocen bien los detalles de su vida y que logrará perpetuar su recuerdo por varias generaciones más.
Por azares del destino, poseo un montón de información acerca de esta mujer. Información que me ha llevado a conocer detalles íntimos acerca de ella, por ejemplo, su fecha de nacimiento, la forma de su firma, la curvatura de su letra manuscrita y hasta sus listas de compras de la verdura. Sé cuánto la amaba su esposo y con cuanto cariño le escribía y enviaba poemas cuando se encontraban separados, sé que sus primas y tías le enviaban tarjetas postales en el día de su cumpleaños y si me lo propusiera, podría hacer una lista de los viajes y países que visitó en su vida.
Recuerdan el dicho que reza: ¿“Uno no sabe para quién trabaja”? Bueno, pues en este caso la olvidada tía Tina no supo nunca para quién trabajó. Se casó, tuvo dos hijos, trabajó, viajó, reunió dinero y al final murió abandonada. Todas sus pertenencias se desperdigaron por los laberintos de las casas familiares. Sus finísimos muebles sirvieron para  que nosotros jugáramos con ellos cuando fuimos niños, sus tarjetas postales sirvieron para que mis tías decoraran las paredes de sus habitaciones y las lunas de su tocador nos devolvieron el reflejo de nuestros rostros de adolescentes cuando aprendimos a maquillarnos por primera vez.
De todas las pertenencias que Tina dejó sin dueño y de las que ya no queda casi ninguna, llegaron a mis manos, un par de cientos de cartas, fotos y tarjetas postales que decidí conservar por nostalgia y por respeto. Me di a la tarea de seleccionarlas, revisarlas y protegerlas. Fue así como poco a poco fui uniendo los pedazos de la vida de mi tía y los entretejí con las historias que me contaron mi abuela y mis tías hasta llegar a formar a una persona de verdad. Una persona que vivó, amó, fue madre, trabajadora, viajera y coleccionista; una mujer  a la que todo el mundo tachaba de haber tenido el corazón endurecido pero a quien yo sin conocerla, le guardo cariño y a quien analizo con curiosidad.
Cuando leo sus cartas, cuando veo las fotos de sus tarjetas postales, cuando me rio de sus listas de compra, cuando reviso sus listas de asistencia al trabajo, pienso que tuve dos tías porque, de ninguna manera puedo relacionar a la mujer de los documentos que analizo con aquella horrorosa viejecita de lentes que nos llamaba con ansiedad desde su cama: “niiño, niño, niño…”.

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