Acerca de… Carta

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Comparto hoy con ustedes el cuento con el que participé en el certamen 2016 “Cuéntale tu cuento a La Nota Latina” el cual resultó finalista y fue seleccionado para ser publicado en la antología editada por Snow Fountain Press: “Todos Contamos” que ya está disponible en Amazon.

CARTA

Hijito del alma mía:

Tengo aquí en mi corazón, todos los recuerdos tuyos. Esos recuerdos de cuándo eras un pequeñito, cuando nos alcanzaban para contar tus años, los dedos de las manos. Aquí en mi casa se quedó el eco de tu risa, tus cantos y tus juegos. Las canicas de colores que enterraste en los maceteros, tus juguetes de niño, tu mochila y tus zapatos del primer año de escuela, el único que cursaste aquí. Se me rompió el alma, pequeño mío, de verte partir. Se llevaron a mi niño a otro país, a otro mundo, a otra vida en la que yo sabía que ya no sería más, y con lágrimas en mis ojos, te di mi bendición. Así es como fue, y con el pasar de los años, me convertí en un recuerdo, en una voz lejana, en un aroma perdido en el fondo de tu memoria infantil.  ¿Te acuerdas pequeño mío de los fuertes abrazos que yo te daba? ¿Te acuerdas de cuánto te gustaba tu sopita de fideos y tus tortillas hechas al fuego del comal? ¿Te acuerdas de los juegos con tus primos? ¿Te acuerdas de cómo te enseñaron en la escuela a cantar el Himno Nacional y hacer los honores a la bandera? ¿Te acuerdas que feliz te sentiste el día que te dejé abrir la vitrina y jugar con todas esas cosas que me pertenecían? ¿Te acuerdas de esas tardes en las que te llevé al parque y te compré un globo y un merengue? ¿Te acuerdas de cuando tomábamos el camión para volver de la escuela?

Lo sé hijo, lo sé. Sé muy bien que no te acuerdas, porque recibí tu carta, esa en donde me platicas que te sientes tan perdido, tan lejos de allá y tan lejos de aquí, como si no pertenecieras a ningún sitio. Esa carta en la que me dices que sientes que el color de tu piel te separa de todo el mundo, esa carta en la que me dices que no encuentras tus palabras, que no comprendes muchas cosas… Que te duele el corazón de no acordarte, de no saber. Me dices que te sientes ajeno, separado. Que tu nombre te es extraño, que la distancia es muy grande y que tu espíritu está triste porque sabes que no puedes venir. Que sabes que las puertas de esta tierra están cerradas para ti…

Me has pedido en tu carta, que te hable del lugar en el que naciste, que te diga de dónde vienes.

¿Qué de dónde vienes, dices?  ¡Ay hijo mío! Tú has venido del lugar más bello del mundo.

Naciste mi niño, una tarde lluviosa de octubre, en el ombligo de la luna. Naciste en el corazón del mundo. Naciste en una tierra antigua, donde fueron enterrados los corazones de valientes guerreros con alas de águila y garras de jaguar, un lugar de sabios emperadores con penachos construidos de plumajes de aves que ya no existen más. Naciste en un lugar donde en las cocinas de cada hogar fueron enterrados los ombligos de las más bellas mujeres. Valientes, decididas, amorosas y fuertes. Mujeres quienes, a su tiempo, daban a luz acuclilladas sobre los pisos de tierra de sus casas, acompañadas por las amorosas voces de sabias parteras que al ver coronar al niño oraban a los dioses en voz alta para rogar por una vida llena de buenaventura y honor.

Cierra tus ojos, hijo mío, y sabrás de qué te hablo, porque esta tierra bendita, es sólo posible verla desde los ojos del corazón.

Hay aquí en tu tierra, desde el mundo antiguo, dos grandes montañas escarchadas de blanca nieve que ofrecen una historia de amor sin fin. Cielos que se deshacen de tanto azul y palomas blancas volando al viento. Altas pirámides que besan la orilla del cielo, hombres mágicos que vuelan dando giros al ritmo de la flauta y del tambor. Hay dioses de piedra que te miran el alma desde sus rostros sin ojos. Dioses ya olvidados, que representan esas cosas básicas y primitivas que hacen tanta falta para vivir: el maíz, y el agua, el sol, la luna y la lluvia, las flores, el amor; la guerra y la paz. Hay aquí hijo mío, mujeres coronadas de flores y listones de seda, mujeres bellas que se pasean, ataviadas de hilo y manta, luciendo orgullosas los bordados de su huipil. Y la lengua antigua de nuestros ancestros, está en todas partes. La puedes oler, tocar y sentir.

Lo antiguo quedó, sigue y seguirá, pero llegó también lo nuevo, y se hicieron uno y todo lo enriquecieron.

Vieras hijo mío los bellos palacios blancos y las catedrales con ángeles y santos de halos dorados. Sus enormes campanarios cubiertos de vidrieras y mosaicos. Vieras hijo mío los organilleros, con sus melodías como de agua y viento. Y allá para el sur, el pueblo de los coyotes, todo empedrado, todo inindado de eucaliptos. Después, aquél lago eterno, donde crecen milpas doradas al sol; ese lugar de flores y largos canales donde se te encoge el corazón al escuchar las notas del salterio. Y al norte hijo mío, el antiguo cerro, donde una tarde de invierno, la virgen del Tepeyac se le apareció a Juan Diego. Vieras hijo mío, qué hermoso es tu país; qué bellos y coloridos son sus mercados, sus plazas, sus mujeres, sus niños y sus viejos. Vieras hijo mío, cómo tu país te extraña, cómo tu país te guarda, cómo tu país te llama. Eres de aquí y eres de mí. Eres un pedacito de arcilla de esta tierra buena, fértil y abundante. Toca tu pecho, para que la sientas latir.

Llegará un buen día hijito de mi alma, en el que podrás volver y mirarás con tus ojos lo que ahora yo te ofrezco sólo con palabras. Guarda esta carta hijo mío, mientras yo te guardo tu país en mi corazón. De aquí hasta el día feliz en que volvamos a abrazarnos y que tus pies se posen nuevamente sobre esta tierra, alegra tu alma, haciendo una cosa que te pido:

Cuando se turbe tu corazón y se nublen tus ojos de tristeza, cuando te sientas perdido, pon tu mano en el centro de tu pecho y, recuerda, recuerda, recuerda.

Con amor:

Tu abuela.

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Acerca de… Juego de niños

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En el patio de la escuela hay una higuera muy vieja, puedes alcanzar sus hojas si subes las escaleras. 

Saltar a la cuerda, jugar al avión, recoger la teja con la mano izquierda. 

Jugar al resorte y ganarle a todas. ¿No hay premio? No importa, mejor la satisfacción de vencer a la más ñoña. “Marinero que se fue a la mar y mar y mar para ver que podía ver y ver y ver.” 

Y entonces, ¿que tal saltar esas altas torres de llantas viejas? Igual que los niños. Eso no les gusta. Así las niñas no juegan. No importa, no importa, yo quiero saltar. !Mírame maestra! Mírame y elígeme para las competencias. “A don martín, se le murió, su chiquitín, de sarampión.”

Jugar  a las escondidas: uno dos tres por mí y por todos mis compañeros. Ahora tú las traes y a las tres se quema la bas. ¿Que canción vas a cantar para echar la suerte otra vez? “Zapatito blanco, zapatito azul, ¿dime cuántos años tienes tú?”

En el patio de la escuela hay una higuera muy vieja y el muro de la derecha está cubierto de hiedra.

Así con un gis muy blanco y los brazos bien abiertos, hay que dibujar el círculo que contendrá a las naciones para jugar al Stop. “Declaro, la guerra, en contra, de mi peor, enemigo, que es: (Yo te elijo a tí, que eres el que más me gusta. Sí, tú, el niño de la voz fuerte y la cicatríz en la mejilla derecha.)

En el patio de la escuela hay una higuera muy vieja, detrás de ella yo me escondo para que nadie me vea. 

Los niños se apartan; juegan esos juegos que son sólo de hombres en los que las niñas no pueden jugar: “dos, patada y coz, cuatro, jamón te saco, diez, elevado lo es.” 

Con resignación jugar con las niñas los juegos de palmas que son apropiados para señoritas de faldas tableadas. Cantar muy fuerte, chocar las manos y los dorsos al mismo tiempo, sin equivocarse: “corona, cerveza, media vuelta.”

Correr más fuerte, cantar más alto, nada de estudiar que a esta escuela se viene a jugar.

La niña rubia de la trenza larga, cuenta cuántos cuadros hay del corredor a la entrada. Se mira en los ventanales, canta y sueña, sueña y canta. “Manzana podrida, una, dos, tres, salida.” 

Pajaritas de papel, barquitos navegando hacia ninguna parte, ranas de lenguas rosadas y cubitos quitapiojos. Dibujos de colores brillantes, poblados de soles sonrientes, nubecitas blancas, árboles frutales y casitas de tejados rojos con chimeneas encendidas. “Cuando yo era joven, joven, joven, coqueteaba, coqueteaba, coqueteaba.”

En el patio de la escuela hay una higuera muy vieja y el muro de la derecha está cubierto de hiedra. La pequeña niña rubia, con la trenza ya deshecha. Abrazada a su mochila, está sentada en la puerta.

 

Acerca de… Poetry on Buses

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A partir del día de hoy y durante una semana podrán leer y escuchar en mi propia voz, mi bello poema “Nostalgia”
Este poema forma parte de una exposición urbana en la ciudad en la que vivo y en la que 365 escritores y poetas fuimos elegidos para escribir acerca del amor por nuestros hogares.
Los invito a visitar el sitio.

http://poetryonbuses.org/poems/nora-giron-dolce/?indv=y&tag=y

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Acerca de… Domingo perezoso

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Nonantzin

Amada, si yo muriera

entiérrame en la cocina bajo el fogón.

Al palmotear la tortilla

me llamará a su manera

Tu corazón.

Más si alguien, amor, se empeña

En conocer tu pesar,

Diles que es verde la leña

Y el humo te hace llorar.

Poema náhuatl

 

Domingo perezoso por la mañana, la voz de mi abuela reverbera en las paredes de la casa: “Arriba flojos, ya hay caldos en las fondas y borrachos en las cantinas”. Salimos corriendo de las recámaras para encontrarla en la mesa del comedor separando las tortillas recién compradas. Al aroma del nixtamal, se suman, la vista de los brillantes colores del guacamole y el crujido del chicharrón. Es nuestro almuercito dominguero: taquitos de chicharrón con guacamole fresco. Las manos diestras de mi abuela preparan los tacos y yo la miro; reconozco en el brillo de sus ojos el orgullo y la satisfacción de alimentarnos que es a su modo de ver, la mejor manera de dar amor.

Domingo perezoso por la mañana. Me despierta el silencio. Abro los ojos en mi casa rodeada de maples. Mi marido duerme a mi lado, miro el techo y suspiro. Salgo de la habitación y llego a la cocina que está quieta, silenciosa, muerta. No hay aromas que inquieten al estómago ni colores brillantes de aguacate y jitomates. La casa no retumba con la voz alegre de mi abuela, pero al ver su retrato, mi cabeza vibra con uno de sus continuos reproches: “En esta casa no chillan las cazuelas”.

Domingo perezoso por la mañana. Los cachetes se nos llenan como si fuésemos hámsters, mis hermanos y yo hacemos una carrera sin decirnos nada, peleamos por la última cucharada de guacamole fresco, por la última tortilla tibia, por la última moronita de chicharrón crujiente. Cuando la cuchara rasca el fondo del recipiente sin encontrar nada más, nos conformamos desilusionados, con un último taquito de frijoles. Mi abuela sonriente nos cuenta historias de espantos mientras nos sirve el refresco. “Misión cumplida” parece decir su corazón, y el mío que lo conoce bien, le contesta que sí con un latido.

Domingo perezoso por la mañana, mientras fumo un cigarrillo en el jardín, miro las nubes en el cielo y en una conversación silenciosa pero honesta, trato de explicarle a mi abuela que, si en esta casa no chillan las cazuelas, no es porque yo no quiera, sino porque aquí no hay tortillerías en cada esquina, no hay carnicerías donde frían el chicharrón, no hay mercado sobre ruedas. Los chiles no pican,  el cilantro es escaso, el queso es insípido, las cebollas son dulces, los aguacates son caros, las tortillas son blancas en vez de ser amarillas y todo sabe a papel.

Ante de una conversación así, tan seria, el estómago me gruñe, la nostalgia me vence y decido entrar de nuevo a la casa. En un proceso largo; preparo la masa, caliento el comal, pico los jitomates, los aguacates, las cebollas y los chiles, lavo y deshojo el cilantro, abro la bolsa de los chicharrones, corto el queso en rebanadas, echo a mano las tortillas sobre el comal que como siempre, para mi total frustración, humean pero no se inflan.

Después de 45 minutos, está listo mi amado almuercito dominguero. Los ruidos y los aromas de la cocina no han despertado a nadie más que habite en esta casa. Sólo están conmigo el recuerdo de mi abuela, nuestra conversación imaginaria y la pequeña Chocolat; alerta a todo lo que hago.

Domingo perezoso por la mañana. De pie en la cocina, doy la primera mordida a mi taco de chicharrón con guacamole y el corazón se me rompe en mil cachitos de melancolía, mientras una lágrima solitaria resbala por mi mejillaimages.

Acerca de… La generación de la plancha

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Las cosas están así:

Muchas personas piensan que soy mayor de lo que en realidad soy porque poseo una característica muy especial: Recuerdo.

Tengo una memoria excepcional para un montón de cosas inútiles como fechas, aniversarios de eventos lejanos que ni siquiera me ocurrieron a mi, nombres de personas que aparecieron casualmente durante mi vida o la de otros, versos y conversaciones entre otras cosas. Soy lo que mi amigo, el autor Leonel Castellanos “Leopi”, llamaría una “guardadora”.

Así es, soy una “guardadora” profesional.

Entre todas esas cosas que he guardado en el disco duro de mi memoria durante mis 41 años de vida, las canciones ocupan un gran espacio. Ahí es donde aparece el detalle de la edad porque resulta ser que no he guardado únicamente las canciones que han tenido que ver con  mi persona, sino también un enorme catálogo de canciones viejas que no pertenecen a la gente de mi generación.

Todas coexisten dentro de mi cabeza en un orden desordenado y aparecen espontáneamente de acuerdo al modo y la ocasión. Especialmente cuando me despierto en las mañanas con una de ellas dentro de la cabeza.

Primero están las canciones que yo amo, ésas que me llevan de regreso a la infancia con la primera nota, la primera palabra, el primer compás; es así como me veo otra vez sentada a la mesa de la cocina de la casa de parques, vuelvo a ver las sonrisas de Brenda y Luis Adrián mientras su madre, Araceli nos sirve el desayuno. En la ventana hay una radio pequeña que reproduce la voz de Manoella Torres: “nadie en casa me comprende, todos me censuran mi forma de ser, si supieras lo que invento por verte otra vez”. Brenda dice después: “mi canción favorita es la que dice: “deja de llorar chiquilla, deja de llorar mi amor”. Soy buena guardadora, pero no tanto, ya no recuerdo en qué terminó la discusión.

Después vienen las canciones del lado B de los discos de mamá, esas que ya nadie recuerda porque no fueron éxitos pero que yo traigo guardadas porque las cantaba y bailaba al volver de la escuela cuando jugaba a ser artista. Entonces escucho la voz de una Yuri muy juvenil: “pásame la goma de mascar, pásame la goma de mascar”.

Luego vienen las canciones de mi abuela, las que ponía a la hora de cocinar o las que tarareaba para nosotros. Gracias a ella puedo reconocer perfectamente  y a la primera, la voz de Agustín Lara, Pedro Vargas, Toña la Negra y todos esos artistas que ya habían muerto cuando yo crecí pero que abuelita me legó junto con sus recuerdos, entonces viene a mi mente la frase célebre de una canción que ella repetía constantemente: “Tu eres rica y te llenas de orgullo, yo soy pobre y tirado a los vicios”. !Ay mi abue! No sabe todo lo que me dejó.

Por nuestra casa pasaron también, un montón de amigos y amigas de mamá que dejaron su legado en discos de acetato olvidados después de una fiesta y de los que yo hice descubrimiento y rescate mientras crecía. Así llegaron a mi vida y se quedaron para siempre, Óscar Chávez, Joan Manuel Serrat, The Beatles, Nacha Guevara, Enrique Jorrín, Ray Coniff , Alberto Cortés, Armando Manzanero, José José en sus inicios y muchos más.

Mi mamá, siendo de espíritu festivo, bailador y cantador, llenó mi catálogo con canciones de múltiples géneros; desde tonaditas tontas que le heredaron sus tíos, como la canción áquella de “dónde está mi saxofón”, pasando por las canciones infantiles de Cri-crí que ella entonaba para nosotros con particular alegría, las canciones tristes de Alberto Lozano que me hacen llorar de nostálgia por la rabia  de no poder volver a ir de la mano de mi madre cantando fuerte en la calle: “hoy canto a la luz que alegra en las mañanas, cuando sale el sol que brinca en las ventanas”. También la música de los grupos  y cantantes de su juventud: Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Angélica María, Los Hooligans, Los hermanos Carrión, Johnnie Laboriel etc… hasta llegar a las canciones de moda que entonaban sus artistas favoritos como Juan Gabriel, Lupita D’alessio, Rocío Dúrcal y Lucha Villa, que mamá cantaba a grito pelado los fines de semana mientras hacía los quehaceres.

Las contribuciones a mi legado musical llegaban de todas partes pero si tuviera que hacer un reconocimiento, lo haría para mi madre sí, pero también para las muchachas del aseo que fueron y vinieron de nuestras vidas durante los años en los que crecimos y que enriquecieron nuestra cultura musical con guapachosas canciones de Rigo Tovar y su Costa azul:  ” mi Matamoros querido, nunca te podré olvidar”, el Acapulco tropical: “que bien que toca, Acapulco Tropical, que bien que goza Acapulco Tropical”, rancheras de Vicente Fernández: “grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío, entrelazados”, los Xochimilcas: “ven a bailar quinceañera, ven a gozar quinceañera, Los Gatos Negros: “Sabes que te quiero Yolanda, que por tí me muero Yolanda”  y todo el repertorio de “Radio Sinfonola, la estación del Barrilito” que sonaba en nuestra casa a la hora del quehacer,

Esas canciones, algunas anteriores a mi época, otras pertenecientes a ella, forman parte todas, de mi repertorio personal de recuerdos hasta el día de hoy y hacen buen tema de conversación con muchas personas. a quienes por cierto le causa mucha risa el detallito de que sonaban a “La hora del quehacer”.

Hace algunos meses, conversando con mi hermano, él me platicó que en un viaje reciente que hizo a Colombia, conversó con un colega que le contó, que este fenómeno de las canciones viejas aprendidas por los niños de las madres chambeadoras o las muchachas del servicio tiene un nombre allá en Colombia. Nos llaman: “La generación de la plancha”, queriendo decir que, aprendimos las canciones que no nos pertenecían, a través de la hora de planchar.

El nombre es perfecto. Nuevo tema de conversación.

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Acerca de…Cómo contribuir a bajar la autoestima de una niña de ocho años

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126Hace pocos días, me topé con un blog de un muchacho que sube fotografías y textos, tomados de los libros que la Comisión Nacional de libros de texto gratuito distribuía en las escuelas primarias públicas en mi país: México. 

Cuando vi las imágenes y los textos se me vinieron encima un montón de recuerdos felices de ésos días lejanos en los que aprendí a leer y escribir. Miré con encanto las portadas, las ilustraciones que usaban para hacer más atractivas las lecturas. Veía con emoción los dibujos y recordaba con regocijo de que se trataba tal o cual texto y leía los comentarios de otras personas que sentían lo mismo que yo, al reencontrarse con esos viejos amigos que nos acompañaron cada año escolar durante seis años; que llegaban limpios y nuevecitos a nuestras manos y terminaban totalmente despanzurrados al final del año, de tanto ir venir, de tanto dale que dale a las letras y los números.

En ésas andaba cuando de pronto me encontré con un poema y un dibujo que me llevaron de regreso a una de las peores pesadillas de mi infancia: el cuarto año.

En el primer día de clases, se aplicaba a los alumnos un examen que supuestamente no tenía ningún valor académico y sólo servía para evaluar el nivel con el que llegábamos al nuevo año escolar. La maestra que me había tocado, era una recién llegada a nuestra escuela que traía bajo el brazo dos hijos. La mayor de ellos estaba en el mismo salón que yo.
Durante la aplicación del examen, la maestra paseaba entre las mesas para ver y saber lo que estábamos haciendo. Yo que siempre andaba papando moscas, me distraje cuando ella estaba dando alguna explicación a otro niño. Cuando terminó de hacerlo, miró mi examen desde arriba y me dijo en voz alta delante de todos: “Tú, ya estás reprobada”. 


La maestra sintió desde el principio una fuerte antipatía por mi y se encargó de demostrarlo durante todo el año escolar. Nunca respondió claramente a ninguna de mis preguntas, dejaba que pasaran las risas de mis compañeros, me miraba con lástima y continuaba con la lección. Mi curiosidad e ingenuidad le parecían síntomas de fuerte retraso mental, pasó siempre por alto el bullying y las burlas de que fui víctima por parte de mis compañeras, me humillaba y regañaba en público y era groserísima con mi mamá. 

Es cierto que efectivamente ese año en particular, yo necesitaba más apoyo y atención de lo normal. Fue un año crítico para mí porque en casa estaban ocurriendo cosas difíciles que se reflejaban en mi comportamiento y aprovechamiento en la escuela, también es cierto que yo estaba adelantada de grado, era la mas pequeña del salón y no tenía la suficiente madurez al llegar al cuarto grado. También es cierto que siempre decía lo que pensaba y a veces lo que pensaba no iba de acuerdo con las ideas de otros niños, niñas y maestros por el modo en que me estaban educando en casa, pero eso yo lo reconozco más como una ventaja y no como una razón para segregarme.


Mi maestra de cuarto grado, fue incapaz de reconocer en mi alguna cualidad, fue incapaz de superar su antipatía y anteponer su ética como docente. Nunca se le ocurrió la idea de ofrecerme su apoyo y de guiar a mi madre para que, entre las dos me ayudaran a recuperarme academicamente y salir adelante en mis estudios.

Esa mujer simplemente me puso la etiqueta de “Caso perdido” desde el primer día de clases y en lugar de hacerme el favor de olvidarme, todavía se esforzó en enfocar su energía en resaltar cualquier acción mía como un error o una tontería y ponerme de mal ejemplo en el salón.

Quisiera dejar algo muy claro:

¿Yo era muy pequeña e inmadura para el cuarto año? Si.
¿Era necesario que yo repitiera el curso? Si.
¿La maestra actuó incorrectamente? !SI!

Repetir el cuarto grado fue una experiencia muy humillante y amarga por el hecho de haber tenido que repetirlo en la misma escuela, pero; al final me dejó cosas buenas como, aprobar el siguiente curso, pasar el año escolar con niños y niñas de mi misma edad y así sufrir menos bullying y haber conocido a Dalila que es hasta el día de hoy, una buena y querida amiga con la que pasé bellas experiencias en nuestra infancia.

La poesía de “Coplas de cuna para un negrito” de Germán Berdiales, me trajo de regreso a esa malvada mujer por una razón muy simple: El único diez que saqué ese año, me lo puso ella con crayón rojo cuando vió la copia de la ilustración que hice en mi cuaderno, pero también me aclaró: “Te pongo el diez en el dibujo pero tienes cero en la copia del poema porque tu letra está horrible”.

Español Ej y Lec 39

Acerca de…Lo que yo quisiera

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Quisiera con toda el alma pasar otra noche en vela en la cueva de los framboyanes con mi Negrita hermosa, “Mamacita estás…gloriosa”; cantando las canciones desgarradas de David Torrens, con un tinto en la mano, viéndola llorar desconsolada sin saber que hacer.
 
Quisiera que Aurora me mirara sonriendo una vez más por el retrovisor  en una tarde de tráfico y que otra vez me llamara por teléfono para decirme: “Soy tu nueva amiga” y que volviéramos a subir a la pirámide y que me mandara otra vez a la hacienda a vomitar mis demonios y que me volviera a recibir en la noche del regreso con un chicken bake y la satisfacción de haber rescatado un alma en pena.
 

Quisiera que GabyFi, otra vez me diera una larga vuelta por la ciudad en su coche azul, y que nos encontráramos a Fito Páez en el parque de los adoquines rojos y que volviéramos a ir al cine a ver Amelie Poulain, los amantes del círculo polar. Que volviéramos a hacer juntas la larga lista de los viajes, los hombres y los besos. Que que me volviera a regalar de todo corazón, esas cosas bonitas que no me alcanzaba el dinero para comprar.

 
Quisiera que Pilar me invitara a su oficina para encerrarnos a leer a García Márquez y escribir canciones tontas. Quisiera que otra vez me invitara a Cuernavaca para purgar juntas la peor hora de mi desconsuelo recitando a la luz de las velas los más tristes poemas de Sabines.
 
Quisiera regresar a Cancún con el corazón destrozado y los bolsillos vacíos; volver a pelearme con mi prima por la última cucharada de fríjoles, volver a saltar con ella en las olas tibias del Caribe y llorar  juntas hasta el amanecer.
 
Quisiera sentir de nuevo el abrazo sorpresivo de Ajalie en la tarde de mi despedida y escucharla decir con su acento de franchute chilanga: “No te vayas”.
 
Quisiera que Carla me volviera a invitar a su casa y encontrármela a media noche en el pasillo con un cenicero en una mano y el cigarrillo en la otra, morirnos de risa y hablar de rituales tontos para después del baño, volcanes adormecidos que explotan y la inutilidad de aprender a manejar.
 
Quisiera que Chilián me contara una y otra vez el chiste de los cigarros sueltos. Volver a reunirme con ella en un restaurant cualquiera después de muchos años, sentir de nuevo su dolor y volver a decirle muchas, muchas veces con toda sinceridad: “Lo siento Claudia, lo siento mucho”.
 

Quiero que suene el teléfono, que alguien toque el timbre de mi casa de Cholula; que sea cualquiera de ellas, cualquier tarde, cualquier día. Que me pregunten que estoy haciendo, que me inviten a salir.  Que se queden a dormir, que nos prestemos la ropa, los zapatos, los amores. Volver a vernos reflejadas en los espejos de un bar y cantar a gritos las canciones de moda. Que las calles tiemblen con nuestros pasos, que la memoria se llene de nuestras palabras, que las paredes se derrumben con nuestras risas, que el mundo se ahogue con nuestras lágrimas, que la vida se ilumine con nuestra juventud.

Acerca de…La triste partida de Robin Williams

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Robin Williams tuvo los ojos más bellos, expresivos y dulces que he visto en mi vida.
Su desición de marcharse antes de tiempo nos tomó a todos por sorpresa y nos sacudió profundamente.
Si en el mundo ocurren desgracias todos los días y muere gente por millones de razones diferentes, quizá razones más agresivas e impactantes que un suicidio, ¿Por qué entonces, nos afecta tanto la muerte de un actor de Hollywood que vivió en su vida grandes logros, glorias y alcanzó a cumplir sus sueños?
Porque Robin Williams impactó nuestras vidas durante años a través de su trabajo y su arte genial. Por eso.
Robin Williams dotó de cuerpo y voz a Popeye, nos hizo llorar hasta que nos dolió la panza al interpretar al obstetra croata que trajo al mundo al bebé de Huge Grant en “Nueve meses”, inspiró a millones de adolescentes y jóvenes de mi generación a mirar las cosas desde otra perspectiva y seguir el llamado de nuestras vocaciones con su bella interpretación de Mr. Pritchard en “La sociedad de los poetas muertos”, persiguió y rescató de la miseria eterna al amor de su vida, a través de escenarios dantescos en “Más allá de los sueños”, nos regaló un Peter Pan como nunca lo habíamos imaginado, adulto, realista y alejado física y emocionalmente de la isla de Nunca Jamás en “Hook”. Robin Williams nos dejó con la boca abierta de asombro y admiración cuando dió voz y personalidad al fabuloso genio azul en “Aladino”, tocó las fibras más sensibles de los espíritus masculinos en “Good will hunting”, nos estremeció al  experimentar y traer de vuelta al mundo a Robert de Niro en “Despertares”, nos hizo reir y llorar y reflexionar acerca de los impactos de un divorcio en “Papá por siempre”; nos presentó de manera extraordinaria a un médico tardío de métodos extravagantes en su fabulosa interpretación en “Patch Adams” y nos volvió locos de terror y aventuras en “Jumanji”.
 
Quizá una de las características más importantes de todos los personajes que Robin Williams interpretó para nosotros fue que siempre fueron personajes que traían consigo una reflexión, una moraleja, una lección o una visión del mundo. No eran personajes vacíos, por muy absurdos que llegaran a ser y eso nos hacía salir de las salas de cine inspirados por él, deseando tener algo nuevo que aprender, algo diferente que decir, algo mas profundo que hacer.

 

 

 

¿Por qué voy a extrañar a Robin Williams? Porque forma parte totalmente del imaginario colectivo de mi generación y porque hizo que mi mundo fuera un lugar mejor con sus películas, porque me llenó de inspiración y fantasía positiva, porque siempre quise que mi padre me amara tanto como él amó a sus hijos en “Mrs. Doubtfire”, porque siempre quise que un hombre me amara tanto que estuviera dispuesto a ir hasta el infierno sólo por verme otra vez, porque me hubiera encantado tener un profesor de Literatura como él, que me enseñara la poesía de Walt Whitman de un modo tan inspirador y; el día que me muera, deseo secretamente que mi hombre me llore con tanto amor y sentimiento como Patch Adams lloró a Carin.
 
La última vez que él influyó en mi, fue hace dos años, con su participación testimonial en la promoción del documental “The cove”. Después de eso empecé a participar en las campañas de información para terminar con el tráfico, abuso, secuestro, cautiverio y explotación de cetáceos, especialmente delfines, en el mundo.
 
La triste partida de Robin Williams priva al mundo de un gran talento, de una persona excepcional que hizo grandes cosas dentro y fuera de la pantalla, ( basta con ver los testimonios de las personas a quienes les cumplió un deseo o les dio apoyo moral o económico en tiempos de crisis) y nos recuerda que la depresión, nunca, nunca, nunca debe ser tomada a la ligera o se cobrará la vida de las personas que amamos.
 

 

!Misión bien cumplida! Descansa por fin, oh Capitan my Capitan.

Acerca de…El chofer del bus

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Hoy me ocurrió una cosa extraordinaria.

Resulta ser que tomé el bus que va de mi casa hacia el centro del pueblo en el que vivo. El transporte público de esta área es controlado por el condado. Los conductores llevan uniformes, los autobuses están limpios y en buenas condiciones y en general funcionan muy bien pero desde mi punto de vista, carecen de ese ambiente guapachoso que poseen los transportes públicos de México, mi país. En ellos, el chofer es casi siempre un adolescente o un tipo muy joven que va escuchando quebraditas a todo volumen, trae un cigarro encendido en la boca, juega a las carreras con sus compañeros de ruta y cada vez que el pasaje sube les recuerda de mala manera que deben recorrerse hacia atrás. En fin, acá no hay nada de eso. El mayor escándalo que te puedes encontrar en un autobús de la ruta del condado, es un niño llorando o alguna persona que trae tan alto el volumen del reproductor de MP3 que puedes escuchar a Lady Gaga a través de sus audífonos.
En cuanto abordé y me senté, noté que había una cosa que estaba totalmente fuera de lugar: era una fotografía en tamaño carta de una tortuga flotando sobre un lago. Puse atención al entorno y entonces me di cuenta que alguien la había colgado deliberadamente detrás del panel de vidrio que protege al conductor. después noté que sobre el parabrisas había un ramo de flores artificiales de color naranja y en el tablero del velocímetro, una pequeña fotografía del chofer acompañado de una mujer. Después de ver todo aquello no me aguanté la curiosidad y le pregunté al chofer si la foto de la tortuga era suya. Él, que usaba un dispositivo para sordera, se dio cuenta de que yo le estaba hablando, abrió la bolsa del aparato, apretó el botón del volumen y me miró. Yo repetí la pregunta y él, muy sonriente me dijo que si, que la foto le pertenecía pero que la había tomado su esposa que era muy aficionada a las fotos y que tenía talento para ellas. Después me explicó que cuando colocaba flores sobre el parabrisas, ponía una foto de un animal sobre el tablero y que cuando colocaba un animal de peluche sobre el parabrisas, entonces, colocaba una foto de flores detrás del panel. Yo le dije que era una cosa muy inusual y que me parecía que él se ponía muy confortable a la hora de trabajar. Él me explicó que le gustaba decorar el autobús para hacer su trabajo más feliz. “Deberías ver todo lo que hago en Navidad” me dijo, “pongo luces de colores y regalo dulces a los niños que se suben ese día. También lo hago en Pascua y en Halloween.” Me contó que en esos días de fiesta hay tantos pasajeros que, una señora toma el autobús durante todo el día, sólo para ayudarle a repartir los dulces.

Mientras me contaba todo aquello, yo lo miraba muy sorprendida pero también muy contenta de haberme topado con él en una ruta tan pequeña y en la que conozco de vista casi a todos los conductores del autobús. Le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba John y que llevaba trabajando veintidós años en el sistema de transporte público.
Mi viaje de diez minutos terminó cuando llegamos a la parada que está en el centro. Me levanté, le di la mano, le dije que había sido un placer haberlo conocido y me fui caminando por las calles de mi pueblo pensando en cómo hay personas que encuentran la manera de ser felices sin importar cómo.

Ando, endo…

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Ando recogiendo mis propios pedazos, trocitos del alma, de aquello que fui.
Ando  los caminos que andábamos juntos, que anduve contigo, que andaré sin ti.
Por mucho que ande,  andaré entre espinos, lágrimas, recuerdos, voy a andar así.
¿Y tú? ¿Dónde andas? ¿Acaso desandas eso que anduvimos?
¿Andarás con otra? Seguro que si.

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